Recuerdo que el me había obsequiado una pluma un día que lo acompañaba. Una pluma que era parte de sus hermosas alas, esas hermosas alas que por alguna razón ya no querían volar, sin embargo el me contó hasta el hartazgo que aquellas infinitas alas que le permitieron llegar a donde se encontraba y una vez que llego y aterrizo en aquella meta jamás pudo volver a volar.
Mi encuentro con él no había sido casual, ya desde hace mucho tiempo que no creo en las casualidades. Ese día el día de la despedida yo le pedí que volara, que volara por mi y que me ayudara. Creo que en realidad no lo intento, solamente me miro y simplemente dijo -Tú sabes que puedes hacerlo. ¡Tú eres tan diferente a mí! Desde aquél día que te conocí supe que tú estabas destinada a volar, pero a volar sin rumbo, porque eres como esta pluma que yo te he dado. Ante la más mínima brisa levantas vuelo, aterrizas y vuelves a volar siempre. Yo creo que no me necesitas, a decir verdad nunca lo hiciste pero tu fe se residía en pensar que sólo podías volar con alguien que ya lo había hecho. Bien en el fondo de aquél sensible corazón sabes que no necesitas de mí y ¿sabes por qué? porque yo sólo quería volar para llegar rápidamente a mi meta, y es por eso que ya nada me impulsa a poder seguir volando, ¡y el volar es un acto tan puro! Yo he volado por llegar tan rápido a mi sueño que he manchado mi vuelo. Ya no puedo ser etéreo y mi vida está aquí en lo terrenal, pero tú... Tú volaras y observaras todo lo que esta allí debajo de ti, y aterrizaras y conocerás y remontaras mil veces más vuelo, porque en tus ojos no tienes un sueño sino miles de ellos. Ve y vuela, tú siempre supiste como hacerlo, sólo basta cerrar tus ojos.
Maga.
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